martes, enero 27, 2015

Cuando un amigo se va...


Cuando un amigo se va
queda un tizón encendido
que no se puede apagar
ni con las aguas de un río.

ALBERTO CORTEZ

No fui amigo de Luzgardo Medina. Acaso el tiempo nos quitó esa oportunidad. Y nada que pudiera haber dicho de Pedro Lemebel habría sido digno de ella.
Pero vayan también por ellos y por todos los poetas hermosos que se mueren, estas lágrimas que ya no me soportan, ante la partida de Aníbal Portocarrero. La vida nos dio un tiempo para hacernos un poco de bien, un poco de mal, y un coloso de poesía entre los brillos de adefesio de dos ciudades estridentes.
Gracias por quedarte, por estar quedándote, Viejo, Amigo.

Le preguntaba una vez, a él que sabe, qué era en realidad el surrealismo y me hablaba de Rimbaud (que copaba con Vallejo su espíritu de nihilista liberto) y me contaba las hazañas simbólicas de André Breton... pero sus esforzadas explicaciones me tenían aún perplejo. Lo notó y me dijo: "Vamos a hacer surrealismo". Y sacó su lapicero, cogió una servilleta de la mesa y escribió:
La noche
cumbre inaccesible
y desatado sueño

Comprendí más que el concepto que ansiaba. Alcancé algo más grande que la miseria de poder describir el surrealismo.
Siempre seguí queriéndote, Viejo. Lo sabías. Pero empezaban a tragarnos dos ruinas con sus brillos de adefesio.


miércoles, enero 21, 2015

Catedrales para ateos

O, mejor dicho, para ciertos ateos...


«Soy un no-creyente profundamente religioso. [...] Nunca he atribuido a la Naturaleza ningún propósito u objetivo, ni nada que pueda entenderse como antropomórfico. Lo que yo percibo en la Naturaleza es una estructura magnífica que sólo podemos comprender muy imperfectamente, y eso debe llenar a cualquier ser pensante de un sentimiento de humildad. Este es un sentimiento genuinamente religioso que nada tiene que ver con el misticismo». (Albert Einstein)

La neurociencia ha encontrado pruebas de que el sentimiento oceánico de pertenencia, de unidad con el mundo, que solemos tener algunas personas, ese sentir tan cercano al éxtasis, al trance, es una función orgánica del cerebro, concentrada en las redes neuronales del lóbulo temporal. Tal sentimiento, que es la semilla de la verdadera religión, o sea del sentir religioso, esa experiencia de lo divino (que hasta Einstein lo tenía, que hasta Hawking lo tiene) es, podríamos decir sin perder precisión, dios alojado en el cerebro. Ya son otros los mecanismos sociales que toman a ese dios interno y le dan forma, aunque ciertamente lo deforman, con la imposición de supersticiones infantilistas, alienando, degradando en la mayoría de las veces ese sentimiento prístino... cosa lamentable.

El descubrimiento de tal función "religiosa" cerebral es prueba para los ateos dogmáticos o fundamentalistas (aquellos a quienes sólo les falta su parroquia con su sala de catequesis atea) de que no hay divinidad sino sólo en la mente, como producto del cerebro; es decir de que nada hay que mueva al mundo fuera de lo que la ciencia ha llegado a probar... Estos ateos de remedo tienden, pues, a creer con fe ciega en que lo que se ve es todo lo que hay.

Y no, pues. Una cosa es la funcionalidad cerebral y otra cosa es la realidad externa. La prueba de que el cerebro es una máquina enteogénica (generadora de dios) NO prueba de ninguna manera que en la realidad no exista ningún motor intangible del mundo tangible. Es obvio que, con la evolución de la ciencia, hay cada vez más aspectos del mundo anteriormente intangibles que se van haciendo tangibles (accesibles a la razón); aunque, penosamente, nada garantiza que todo llegue a pasarse alguna vez al lado del conocinimiento. ¡Ya quisiéramos!... o quizás no.